Scherzo: Soprano Habemus

Madrid, Teatro Real, 26-IV-2016): Verdi: Luisa Miller. Dmitry Belosselskiy (Conde Walter), Vincenzo Constanzo (Rodolfo), María José Montiel (Federica), Johm Relyea (Wurm), Leo Nucci (Miller), Lana Kos (Luisa), Marina Rodríguez-Cusí (Laura), César Frutos (un aldeano). Coro y Orquesta titulares del Teatro.          Director: James Conlon.

Ha recalado nuevamente en el Real, ahora en versión concertante levemente escenificada, esta ópera anunciadora de la madurez de Verdi, estrenada en el San Carlo de Nápoles el 8 de diciembre de 1849. Su novedad principal, comentaba Gabriele Baldini, consistía en el hecho de que el compositor reclamaba, por primera vez, el color ambiental no como una convención, sino como una modernidad musical. Después de dos actos que transitan por senderos en parte trillados, el tercero ofrece inspiración a raudales y presenta una pasmosa originalidad que nos sitúa en los aledaños del nuevo lenguaje dramático-musical que explotaría definitivamente en la trilogía de principios de los cincuenta, Rigoletto, Il trovatore y La traviata.

El libretista Cammarano hubo de meter mano al torrencial y generalmente retórico drama de Schiller, “una auténtica obra maestra de la dramaturgia engorrosa”, según Richard Mohr. Los autores han destacado el ambiente del comienzo de la obra, en donde reina una atmósfera placentera, que algunos consideran de color germanizante o próximo a Guillermo Tell de Rossini, con su cazadores y su idílico paisaje; y otros, la mayoría, más cercano a las obras precedentes de Bellini o Donizetti. Aun cuando de ambas cosas pueda hablarse, parece más conectado ese ambiente con estos últimos compositores. Rápidamente viene a la memoria el inicio de óperas como La sonnambula del primero o L’elisir d’amore o Linda di Chamounix del segundo. Claro que el paisaje, exterior e interior, cambia rápidamente cuando las intrigas y conflictos humanos comienzan a aflorar. Y ahí es donde las voces y el foso, imaginario en este caso, han de echar su cuarto a espadas.

Hemos tenido en esta oportunidad una excelente protagonista, la croata Lana Kos, que ha cumplimentado con creces las exigencias de una particella nada fácil que reúne pasajes propios de una lírico-ligera en sus primeras intervenciones y de una lírico-spinto en las postreras, que, de todos modos, plantean escaladas a la zona alta e incómodas florituras. Kos, algo escasa de estuche, es más una lírica ancha de metal espejeante, de vibrato stretto, de colorido homogéneo y de coloratura bien ajustada. Cantó con pasión, resolvió sus primeros escarceos con solvencia, algo limitada en los trinos, y se entregó calurosamente al final en La tomba è un letto y Ah! lúltima preghiera. Soprano sfogato de amplio aliento. Buena actriz. Fue sin duda la triunfadora de la noche. Su compañero, ausente el anunciado Francesco Meli, fue el tierno y muy joven tenor Vincenzo Costanzo, de timbre grato, lejanamente emparentado con el de Pavarotti, extensión cierta, temperamento indiscutible. Pero está todavía en barbecho para controlar, regular y administrar el sonido, para delinear y matizar cada frase, para disimular el notable esfuerzo que hace en ocasiones, con la voz en el cogote. Su gran aria, Quando le sere al placido, fue expuesta a tropezones, sin delicadeza ni cuidado; sin la línea adecuada.

Nucci… fue Nucci. Es decir, caluroso, hábil en la administración de efectos, con notas medias muy francas, bien timbradas, las propias de un barítono lírico poderoso, algo corto en graves, resuelto en agudos que suelen ser ya abiertos. A su edad, es lógico, emplea de manera constante el portamento di sotto y abusa de los calderones. Pero es fogoso, expresivo y se las sabe todas para llegar al corazón del respetable. Hay material importante en la voz del bajo-barítono Belosselskiy, redondo, oscuro, timbrado, fácil; pero lo desaprovecha a veces buscando el efecto y la sobreactuación. Canta con la cabeza muy hacia arriba y eso lo descoloca.

María José Montiel, de timbre tan cálido, de arte de canto tan acabado, no es la ideal para Federica, que precisa de un instrumento más oscuro y compacto, de zona grave más poblada. Pero fraseó con elegancia y propiedad. Muy apto para el malévolo Wurm, el bajo –este sí- Relyea, torvo y autoritario, esquinado y tramposo, de timbre poco agradable y emisión dura. En su sitio Rodríguez-Cusí, cuya voz de mezzo muy lírica, templada y musical, no pudo brillar lo necesario: el parvo movimiento escénico la situó al fondo, junto al coro.

Éste y la orquesta funcionaron con buen rendimiento a las órdenes del siempre seguro Conlon, triunfador hace un par de años en Las vísperas sicilianas, aunque en la obertura se planteara más de un desajuste y borrosidad. En los coros del inicio pudieron escucharse bellos efectos en piano. Los dos cuartetos, el del primero y el del segundo acto, quedaron muy bien reproducidos. En aquél la voz de Kos circuló en piano, soleada, sobre los finos staccati de las demás. En éste, a cappella, todo estuvo encajado bajo el mando sin batuta de Conlon, quien acertó a colorear sin especial fantasía los claroscuros y a construir con pericia el crescendo dramático que conduce al trágico final. Buenas intervenciones del clarinete en pianísimo, antes del dúo padre-hija.

 

Arturo Reverter