LaRazon.es: Cuando la veteranía es un grado

En la temporada 2005/2006 se ofreció escénicamente en el Real «Luisa Miller» con un reparto de campanillas: Cedolins, Alvarez, Frontali, Prestia, Fiorillo, etc y la dirección de López Cobos. Once años después vuelve en versión de concierto y, para ser sinceros, no se ha echado de menos la escena. Los mismos intérpretes diseñaron unos movimientos más que suficientes para hacer entendible el drama y tuvieron el acierto de no contar con sillas ni partituras en el escenario. La muerte de Luisa quedó perfectamente simulada con la soprano agarrándose a las barras de seguridad del podio del director. ¡Cuántas veces preferiríamos algo así a tremebundas escenografías! Y es que allí estaba el genio de un Verdi, algo primerizo sí, pero ya a dos años vista de la gran trilogía con el frasco de las esencias propias abierto a pesar de sus muchos perfumes donizettianos. Así los coros –estupendamente cantados– que recuerdan a aquellos de las escenas de locura de las tres reinas Tudor y muchas melodías de Luisa o su padre Miller. La primera aria de la protagonista, de coloratura, abre un papel mucho más difícil de lo que parece. Uno se pregunta durante la primera hora de la ópera por qué su título, pero la cosa queda clara con segundo y tercer acto. Los últimos cuarenta minutos de la soprano –entre Gilda y Traviata– son un auténtico tour de force, con el tan verdiano dúo con su padre, con el tenor y la preghiera. Hace falta una gran soprano y Lana Kos demostró el mismo nivel que antes tuvieran en el papel Moffo, Scotto, Anderson o Millo. Caballé siempre fue caso aparte como Luisa.

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